Lgtb blues

LGTB BLUES 1921-1965. Héctor Martínez González.
Allanamiento de Mirada. 2025. 373 páginas.

Punto de partida: el autor, Héctor Martínez, y la editorial, Allanamiento de Mirada. Aléjese, pues, toda sombra de oportunismo al abordar el estudio del blues desde una óptica queer. Este es un libro serio, que habla de música, sí, pero sobre todo es Historia, documentada y rigurosa, sin hipótesis ni teorías, sin discursos. La realidad histórica que hunde sus raíces en el siglo XIX. Martínez podría haber elaborado un diccionario enciclopédico, pero ha preferido dar forma narrativa a su abrumador saber. Nos encontramos, pues, ante una acumulación ingente de datos y de nombres propios, a través de los que fluye suavemente la visión animada de unos años en los que ser diferente o vivir la sexualidad más allá de los márgenes se trasladaba a la música de la comunidad negra de los Estados Unidos, a veces veladamente, a veces con descaro. Es una historia que sucede en los prostíbulos o en los nite clubs, en los fumaderos de marihuana o en los speakeasies, en las salas de fiesta o en los buffet flats y rent parties, en el chitlin' circuit y en los tent shows. Un fenómeno predominantemente urbano, con representación en Harlem, en el Bowery, en Chicago, en la Barbary Coast de San Francisco, en cualquier ciudad con un barrio rojo y una población negra dispuesta a romper las reglas y divertirse. En la urbe ser diferente era más fácil - o menos difícil - que en la América rural. Hablamos de garitos en los que hay música y canciones con letras osadas. Martínez nos adentra en la jerga necesaria para comprender el verdadero sentido de lo que decían esas canciones, especialmente en su forma original, libre de una censura - autocensura incluso - que aparecerá en el momento de grabar las canciones. Es el lenguaje eufemístico y soez de los barrios negros y del blues, llevado a su máxima expresión en los locales del "ambiente". A lo largo de las primeras cien páginas nos encontramos con hombres que se disfrazan de mujeres y mujeres que visten frac, predicadores que alertan del pecado más sucio y otros que lo gozan, mujeres enamoradas que pasean cogidas de la mano, artistas que ocultan su sexualidad y artistas que la proclaman,  fiestas libertinas y sórdidos encuentros que escandalizan al propio García Lorca, profesor visitante en Nueva York. Desfilan músicos desconocidos, poco conocidos y muy conocidos. Una época dorada, o más bien lila (lavender), que acaba bruscamente en la década de los 50, cuando el código Hays se impone y ser homosexual se convierte en un amenaza para la seguridad nacional.  Como es habitual en esta colección literario-musical el texto incluye las letras de un buen número de canciones, más de un centenar, y su traducción, así como los archivos digitales de grabaciones restauradas con mimo por Paco Espínola.


Ronnie Lane Ooh La La!

RONNIE LANE OOH LA LA LA! Vida y obra de un (Small) Face. Javier Cosmen Concejo.
Sílex. 2025. 322 páginas.


Regresa Javier Cosmen a un escenario en el que dioses y semidioses convivían en Londres. Si en ocasiones anteriores se fijó en etapas concretas de The Who y The Rolling Stones, en esta ocasión recorre la biografía completa de Ronnie Lane. Una apuesta arriesgada, dirigida a un público mucho más reducido, en el que cualquier reclamo se queda corto: no es lo mismo citar en el título de un libro las palabras "Quadrophenia" o "Sticky Fingers" que "Ooh La La!", que a muchos nos lleva más a Montmartre que al East End. Además, ¿quién es Ronnie Lane y por qué ha de interesarnos leer trescientas páginas sobre su vida y obra? Ni siquiera las bandas que creó o contribuyó a crear - Small Faces, Faces, Slim Chance - ocupan los primeros lugares en la historia del rock, y algunos de sus compañeros en ellas - Ron Wood y Rod Stewart - han gozado y gozan de una notoriedad que sin duda atraería a más lectores. Cosmen lo justifica en su introducción: "pude ver en él al ser humano mucho antes que a la celebridad", dice. Es esta una historia triste y sin final feliz, nos advierte, como si quisiera prevenir a quien se proponga leer las andanzas de su personaje. Es un libro honesto, en el que el autor nos presenta a Lane en toda su descarnada humanidad, y de ese modo se nos hace entrañable en su patetismo. No fuerza Cosmen los elementos dramáticos ni embellece las zonas de sombra. Es lo que es, la vida de un chaval londinense que soñó con ser músico y que murió siéndolo, que luchó por hacer la música que quería hacer y no otra, que se sobrepuso a una enfermedad terrible e incapacitante, que sembró de luz los textos de sus canciones. La biografía de Lane es a la vez un rico mosaico de la música del momento, en el que aparecen numerosos personajes, obligando a Cosmen a introducir breves apuntes biográficos al paso, y se agradecen porque no llegan a distraer de la lectura y cumplen mejor que una nota a pie de página. Pero no nos engañemos, eso es solo contexto: si este libro nos interesa es por este hombrecillo, con apariencia de duende, que halló refugio en las enseñanzas de Meher Baba, en el calor de la amistad (ahí están Pete Townsend o Eric Clapton, por ejemplo, con quien tocaba por los pubs sin ser anunciados), en el amor de las mujeres con las que vivió y, por encima de todo, en la música, esa amante a la que nunca renunció. No fue una estrella, la fama le fue esquiva, vivió miserablemente mientras los demás disfrutaban de grandes mansiones, murió sabiendo que iba a morir. Es una historia triste, sí, es la que Cosmen quiso que conociéramos. En estos tiempos que corren es bueno leerla.

La música viaja en tren

LA MÚSICA VIAJA EN TREN. Miguel López.
Sílex. 2025. 479 págs.


Miguel López ha entregado una obra apasionante que llevaba construyendo con mimo de ebanista a lo largo de los años, y quién sabe durante cuántos más había ido gestándose en sus sueños y en sus vigilias. Este es un libro necesario por el mero hecho de su existencia. Posiblemente nadie lo habría echado en falta si López no lo hubiera escrito y Sílex no lo hubiera publicado, pero qué riqueza se habría perdido. Este es un libro que habla de música y de trenes y de cómo se relacionan, poniendo principalmente la mirada en los Estados Unidos y en las Islas Británicas. No se queda ahí, en la fácil enumeración enciclopédica de canciones que hablan de trenes o los mencionan, sino que amplía su visión haciendo que abarque los aspectos sociales, políticos, económicos y culturales que han conformado el mundo en un siglo, el pasado, en el que la música popular se transformó y rompió barreras geográficas y vitales. Así, en los primeros capítulos se teje un tapiz histórico en el que la esclavitud y la segregación racial en los Estados Unidos alimentan un paisaje de canciones y de músicas que viajan en los trenes, los mismos  a los que se aúpan clandestinamente los hobos, los vagabundos que hacen de su vida un continuo viaje. La música negra tiene un protagonismo absoluto en las primeras páginas, condición que va cediendo paulatinamente a los cantantes folk, testigos de las penalidades de las capas menos favorecidas de los trabajadores, y posteriormente a quienes como los cuatro de Liverpool retrataron un mundo en constante transformación. La narración serpentea mientras rememora los nombres propios que van poblando la historia, nombres de músicos y de canciones, de trenes y de líneas de ferrocarril. El Midnight Special es tan importante como pueden serlo Johnny Cash, "Mistery Train" o la Belfast and County Down Railway. Con gran habilidad Miguel López conduce cada uno de los capítulos hacia una figura principal: Bessie Smith, Robert Johnson, Honeyboy Edwards, Duke Ellington, Jimmy Rodgers, Woody Guthrie, Johnny Cash, Bob Dylan, los Beatles, Van Morrison y Tom Waits se suceden en el relato. Del de Pomona y del de Belfast tiene López libros publicados, y su conocimiento de Dylan no es desde luego menor, por lo que cabía esperar estas elecciones, pero sorprende en la de Honeyboy Edwards, mucho menos popular y al que merece la pena conocer. Junto a ellos aparecen muchos más nombres de músicos, otras historias, narradas más sucintamente pero no con menos profundidad. Unas y otras conforman una crónica que recorre décadas y miles de millas. Una vez concluido el viaje, López, gran conocedor de los entresijos de nuestra compañía ferroviaria nacional, nos regala un apéndice en el que la música, exigua, es solo una excusa para asomarnos a la historia política de España a través de la pequeña historia de Renfe.

Petty

PETTY. Warren Zanes.
Neoperson. 2017. 411 págs.


Warren Zanes podía haber escrito una novela en lugar de una biografía y el resultado se parecería mucho, porque la vida de Tom Petty es novelesca, un relato de América en sí misma. La diferencia es que Thomas Earl Petty existió. Zanes es músico además de escritor y esa condición le lleva a comprender como si fueran suyas las motivaciones, las inseguridades, los miedos y la reacción ante el éxito de ese chaval rubio de Florida que supo desde muy joven que la felicidad solo la podría alcanzar en una banda. Había algo en las caras de los Beatles que se parecía a la libertad, le confiesa al autor del libro. La vida en Gainsville era una ratonera y la convivencia familiar un desastre. El padre, Earl Petty, un mestizo hijo de madre india, formaba parte de ese sueño americano roto, un estadounidense más moviéndose a toda velocidad hacia los gloriosos años cincuenta. La huida de ese mundo, de la vieja canción del Sur, de los aparcamientos de autocaravanas y las casas prefabricadas, pasaba por el rock necesariamente y el adolescente Tom tenía la habilidad para convencer a otros de que abandonaran sus estudios a cambio de una idea. A él también le importaban poco. Empieza ahí a arraigar un sentimiento de comunidad que difícilmente podía encontrar en su familia o en la ciudad, un todos para uno y uno para todos en el que se cimentó el futuro, primero en Mudcrutch, fugazmente, y ya para siempre en The Heartbreakers. Un difícil equilibrio porque Petty era el líder natural, el que atesoraba talento y derrochaba carisma, el príncipe rubio. Escribe Zanes: cualquiera de sus primeros fans locales que diga que vio la gloria venir, probablemente se olvida de que ellos nunca la vieron. De esa travesía habla el libro, la crónica de una vida en la carretera y en los estudios de grabación en la que los elementos dramáticos golpean con fuerza la búsqueda de la felicidad. La narración, exquisita y compasiva, huye del sensacionalismo, el drama habla por sí solo: las tensiones entre los Heartbreakers, siempre a punto de poner en riesgo un proyecto que ninguno de ellos, ni siquiera el díscolo Stan Lynch, quería romper porque de algún modo sentían que era más importante que ellos mismos; el fracaso de un matrimonio, el fantasma de otra vida familiar imperfecta, la angustia de la culpa por no haberlo visto a tiempo; las adicciones, la entrada en escena de la heroína, silenciosamente, y el empeño de Petty en hacer de su dependencia un problema personal que solo él podía conocer y resolver. Demasiadas cosas en torno a la música y sin embargo la música como medicina. Esta es la historia de un hombre que cargó con su pasado para escribir su futuro, y lo consiguió. 

Alaska y otras historias de la movida

ALASKA Y OTRAS HISTORIAS DE LA MOVIDA. Rafa Cervera.
Lunwerg. 2025 (edición revisada del original de 2002). 364 págs.


Este es un libro viejo, no tanto como para estar escrito mientras sucedían los hechos, pero lo suficiente como para no caer en la trampa de mitificarlos. Es curioso volver a esa edad intermedia, el año 2002, en la que Rafa Cervera ya no era el jovenzuelo que escribía su fanzine en el Madrid de los 80 y a la vez distaba de ser el escritor que los años siguientes revelaron. Cervera es en este libro un periodista sobrio, centrado en las historias cotidianas que conoció y revive y en aquellas que otros que las vivieron le contaron. Las historias hablan de Alaska: basta ver la tipografía de la cubierta para darse cuenta de que lo que importa aquí no es la denominada "movida (madrileña, por supuesto)" sino una de sus protagonistas, y no cualquiera sino la que ha conservado y magnificado con el paso del tiempo su estatus de estrella. Si Alaska no hubiera aparecido en la España gris de los setenta, los años siguientes habrían perdido color. Dicho así parece una exageración, pero prueben a borrarla de nuestra memoria y verán la diferencia. Olvido Gara es el hilo conductor de esta historia de pegamoides y dinaramas, el personaje y la persona que se funden en una sola, tremendamente humana, con sus dudas y su romanticismo, su imposible equilibrio en un entorno desquiciado y desquiciante, su voluntad de ser ella misma. La narración nos presenta numerosos actores secundarios, pero el papel principal no admitía competencia. Pobre Berlanga, que no lo entendió. Él no era nadie, ni lo era Nacho Canut, ni Ana Curra, que eran protagonistas de sus propias historias, pero no de la historia que fascinó a Umbral, aunque no comprendiera nada. No es de música de lo que hablamos. Si fuera así, el Zurdo o Eduardo Benavente, meros satélites del planeta Alaska, tendrían mucho más protagonismo del que tiene esta mujer. Este es el relato de cómo el underground madrileño proyectó al espacio sideral a un trío de adolescentes de colegios bien que no estaban hechos para la música y que acabaron rivalizando - oh cielos - con Mecano, una versión modosita de ellos mismos. La crónica de los años que cimentaron su leyenda es la de unos críos que se comportaban como tales, presos de emociones incontroladas, de cotilleos y celos, de berrinches y desahogos. Se creían divinos y quizá lo eran. Cervera exprime esos años a pie de calle, y nos regala retratos de una fauna extinta hoy - veánse las Costus o Paloma Chamorro - o metamorfoseada e irreconocible - ahí Almodóvar y McNamara -. En su acta de los hechos hay tanta observación como cariño. 

Mis años rockeros

MIS AÑOS ROCKEROS. Jordi Sierra i Fabra.
Sílex. 2024. 262 págs.


No conservo revistas musicales, siempre las traté como algo efímero y, sobre todo, difícil de almacenar. Leí muchas siendo adolescente, cuando se forma el gusto, y en aquel entonces, la primera mitad de la década de los 70, eran un tesoro escondido. Empecé con Disco Exprés y más tarde con Popular 1, y por esa razón el nombre de Jordi Sierra i Fabra, que aparece en la fundación de ambas, forma parte de mis recuerdos musicales. Esta historia es, pues, también la mía, justo desde el otro lado: yo era el chaval que leía lo que aquel veinteañero escribía. Sorprende, en esta época postmoderna en la que las firmas se multiplican, que él fuera responsable de la autoría, firmada o no, de la casi totalidad de los textos. O sea, que le debo mucho. Echo un vistazo a un especial del Popu sobre Yes (que guardé en su día en la carpeta de Yessongs) y así es: todo el texto es suyo.Una actividad febril y apasionada, sin duda. A eso añadió biografías de estrellas del rock, enciclopedias y libros de temática musical, colecciones de quiosco y lo que se presentara, incluidas revistas de consumo masivo, como Super Pop. Una tarea titánica, en unos años en que las fuentes bibliográficas eran escasas y la España del tardofranquismo era una esquina en el mapa, una esquina en que la música de melenudos era eso, música de melenudos. Las memorias torrenciales de Sierra i Fabra, que dan la impresión de estar escritas de corrido en un par de tardes (y quién sabe si así fue, viendo la inabarcable producción de este hombre), dan cuenta de la locura de quienes creyeron, contra toda razón, que escribir sobre música tenía un sentido y se lo jugaron todo en esa partida. Les fue bien, contra todo pronóstico, y a nosotros y a los que vinieron nos iluminaron sobre lo que no conocíamos y posiblemente sin su ayuda no habríamos conocido. Sierra i Fabra, después de estar metido en todos los saraos, se retiró hace muchos años del periodismo musical y dio en escribir obra literaria, esto es, novelas, aclaración pertinente porque en aquel entonces musical y literario eran conceptos que no casaban, ni por lo civil ni por la iglesia. Pero eso es otra historia. 


Ma Rainey. 1923-1928

MA RAINEY. 1923-1928. Todos sus blues. Paco Espínola.
Allanamiento de mirada. 2024. 258 págs.


En la portada, llena de colorido, Ma Rainey, esa mujer realmente fea en palabras del pianista Champion Jack Dupree, nos sonríe y nadie podría desdeñar la invitación a acompañarla, a escucharla cantar. En la primera página de la biografía de Paco Espínola la fotografía, en blanco y negro, no nos muestra a la cantante sino a un hombre negro que cuelga de un árbol. El pie de foto lo identifica como Rubin Stacy, linchado en Fort Lauderdale, Florida, un caluroso día de julio. El epígrafe se titula "El contexto", y nos sitúa en los que fueron llamados felices años 20. La imagen nos viene a recordar que no lo fueron para todos y, desde luego, no para los negros. Es la época en que nace el blues clásico femenino. Espínola va a narrar en solo veinticinco páginas cómo sucedió, y con concisión y destreza nos sumerge en la vida urbana y rural, y hace desfilar a los artistas de vodevil, a los cantantes de iglesia, a los buscavidas del negocio del entretenimiento, a los trabajadores de las plantaciones, a las bandas de jazz, a  Louis Armstrong y a Bessie Smith. Es el retrato de una época, aquella del Gran Gatsby y los brillos de la Costa Este, y, claro, son mundos distintos en un mismo país. Espínola nos adentra en el otro, en el que la música no proviene de las calles principales y se desplaza por circuitos del viejo Sur, donde se cruzan los caminos y las historias. En ese viaje hay 94 canciones de Ma Rainey, grabadas en los años 1923 a 1928, todos sus blues, como reza el subtítulo. Escucharlos es otro modo de entrar en el relato. Es el modo de hacerlo y viajar en el tiempo. El libro, o "librisco", como denomina el editor Espínola a sus aventuras literario-musicales, se completa con notas y bibliografía y con las canciones en formato digital, cuidadosamente restauradas, y la letra de todas ellas, en inglés y en su traducción al español, una labor ardua que nos permite allanar nuestra mirada y estar allí y entonces con Ma Rainey, escuchando su voz en grabaciones que traen hasta nosotros el sonido de aquellos días, crepitante, desnudo.


Peter Gabriel. Un explorador musical y su tiempo.

PETER GABRIEL. Un explorador musical y su tiempo. Javier de Diego Romero.
Sílex. 2024. 539 págs.

Siete años han transcurrido desde la publicación de su libro anterior, lo que da una idea de la envergadura de esta obra. No se trata tanto de que sobrepase las quinientas páginas sino de lo que estas encierran, un estudio completo del artista y su tiempo, como bien avanza el subtítulo. Nada nuevo supone el enfoque, pues ya lo hizo el autor con su libro sobre The Kinks, y todo lo que dije entonces vale también ahora (The Kinks. Música, cultura y sociedad). Javier de Diego es un equilibrista que consigue ilustrar sobre aspectos muy diferentes que hacen del libro un todo que va mucho más allá del estrecho margen del periodismo musical. Su erudición es tal que podría aplastarte si cayera de golpe sobre ti, pero él la dosifica de tal modo que ensancha suavemente tu conocimiento. Tal vez sepas qué es la discordantia perfecta o la cadencia plagal, conozcas de sobra quiénes fueron Stephen Biko o Mark Rothko, estés al tanto del problema kurdo o de lo que significó Sun City en Sudáfrica, incluso recuerdes el frustrado proyecto del parque cultural en Barcelona '92. Pero es casi imposible que domines todas las materias sobre las que el libro nos ilustra, conectadas con la obra personalísima de Peter Gabriel. De Diego nos lo pone en bandeja, sin necesidad de abandonar la lectura para una urgente búsqueda en internet: sus miradas a los márgenes, que cualquier otro habría omitido o reducido a la mera mención, sirven para ubicar a la perfección al artista y su obra. Un artista singular, por cierto, al que retrata en sus miedos y sus inseguridades, en su visión sensible del mundo y en un compromiso tan puro que difícilmente se puede identificar con la política. Impecable la narrativa de sus años juveniles y de su encuentro con los colegas del colegio privado de Charterhouse con los que formaría Genesis; fascinante el modo en que se nos va revelando el artista, oculto tras las máscaras de una teatralidad inseparable de su relación con el público. De ahí a la necesidad constante de experimentar y avanzar, a su carrera en solitario, siempre un paso más lejos, y a la búsqueda en su propia psique, asistimos al alumbramiento de discos únicos. De Diego no se limita a destripar las canciones, entra en las profundas motivaciones de Gabriel, y al hacerlo nos ofrece piezas magistrales, como el capítulo "Vanguardia y locura". El relato se mueve gradualmente hacia las nuevas tecnologías, la preocupación por el planeta, el posicionamiento contra el racismo y por la paz alimentan nuevos intereses artísticos, culturales y sociales, promoviendo las músicas del mundo y orillando la publicación de discos propios, y sin darnos cuenta pasan los años pero Peter Gabriel sigue ahí de otra manera, como una figura arcangélica. Javier de Diego nos ha regalado un volumen al que, dada la ralentización exagerada de la actividad de Gabriel, poco o nada haya que añadir en el futuro. Una obra encomiable y posiblemente cerrada.


Slow Train Coming. Bob Dylan y la cruz de Jesús.

SLOW TRAIN COMING. Bob Dylan y la cruz de Jesús. Luis Lapuente y Ana Aréjula.
Efe Eme. 2024. 232 págs.

Dan a entender el título y sobre todo la portada que este libro trata del primer álbum cristiano de Bob Dylan, y sí y no, afortunadamente, porque hubiera sido limitar demasiado el enfoque. El subtítulo es realmente lo que importa en este caso. Del disco, concebido a la mayor gloria de Jesucristo, ya se ha dicho y escrito suficiente como para que cualquier dylanita lo sepa de memoria, y aunque Lapuente nos lo podía volver a contar y mejor contado que otros, ese viaje no era necesario y él lo sabía. Lo que nos entrega, junto con Ana Aréjula, gran conocedora de la obra de Dylan y de los textos bíblicos, es mucho más, es un trabajo documentado y reflexivo, impagable, sobre la religiosidad de Bob Dylan, algo que no fue flor de un día o de una trilogía de discos sino que, nunca mejor dicho, venía de antiguo, es decir, del Antiguo Testamento. A cualquiera que se haya molestado en prestar atención a las canciones de Dylan no le habrá pasado desapercibida la abundancia de referencias bíblicas desde el inicio de su carrera. Ya antes de la trilogía cristiana más de una tercera parte de sus canciones tenían contenido bíblico. Lapuente y Aréjula dan testimonio de ello, con profusión de citas literales del libro de los libros que sorprenderán a los lectores. Robert Zimmerman, a quien fue impuesto el nombre hebreo de Shabtai Zisel ben Avraham, fue siempre un lector de las escrituras, acudió a la escuela rabínica y celebró el Bar Mitzvá. Cuando llegó a Nueva York su nombre era ya Bob Dylan y no quería limitarse a ser judío, aunque indudablemente no dejaba de serlo. Un judío aparentemente descreído de todo y enormemente curioso. Dos décadas después esa curiosidad le acercó a Jesús de Nazaret, que para la fe hebraica solo era un profeta, y para los cristianos el Mesías. Lapuente y Aréjula nos explican qué significaba ser cristiano en los Estados Unidos de los años sesenta y setenta, cuáles eran las iglesias diversas que poblaban aquel país, un didáctico e interesante acercamiento a una realidad religiosa que resulta ajena a quienes solo hemos conocido el catolicismo. Dylan, a través de la comunidad de la Viña, vive una nueva fe, un proceso de conversión que le aleja de un buen número de seguidores, más aún cuando se niega a cantar sus antiguas canciones, y sale de gira, tres veces consecutivas, cantando exclusivamente himnos de alabanza al Señor. El texto de Lapuente y Aréjula relata, desde la distancia y sin perder la empatía con la persona, la convulsión que supuso su actitud (y los sermones apocalípticos con los que obsequiaba al público de sus conciertos) y la incomprensión de público y crítica. Después de tres años y tres discos asombrosos, que en su momento fueron despreciados mayoritariamente, Dylan dejó de predicar, y se suele decir que ahí acabó su etapa cristiana (lo dicen quienes no se preocuparon de escuchar Infidels, claro, su siguiente disco). El caso es que volvió a ser aceptado por muchos de quienes renegaron de él, se le perdonaron sus veleidades religiosas, e incluso los judíos vieron señales de que había vuelto a la religión de sus antepasados. ¿Fue así? En el libro de Luis Lapuente y Ana Aréjula está parte de la respuesta. La otra, por supuesto, está en el viento.



Rumours. La tormenta emocional de Fleetwood Mac.

RUMOURS. La tormenta emocional de Fleetwood Mac. Xavier Valiño.
Efe Eme. 2024. 232 págs.

Este es un libro que enseña por qué un lote de canciones puede alcanzar la perfección, cruzar décadas y perpetuarse en el tiempo. Nos habla de una banda de blues en busca de su identidad, zarandeada por los conflictos y las deserciones, que acaba por reinventarse con lujosas sonoridades pop. El camino lo hacen al revés, desde la Inglaterra de los años 60 y el árbol de generoso follaje que fue John Mayall, explorando los recovecos del blues, hasta la América de los 70 en la que se dan de bruces con el mainstream. En esa travesía quedan atrás discos exquisitos y músicos desquiciadamente fantásticos, relaciones personales difíciles y fracasos. En Inglaterra ya no son nadie, pero en América les siguen queriendo. Y de repente el estallido, música colorista para un disco eterno con portada austera, fotografiada en blanco y negro. Un disco que suena amable y entusiasta, con melodías alegres y ritmo contagioso. Un disco en el que las letras hablan de desamor y ruptura, de infidelidades, rencor y reproches, en el que los músicos vacían en las canciones sus sentimientos y su dolor. Un disco en el que las canciones hablan de ellos mismos. Un contrasentido. Cómo pudo surgir algo semejante y culminar de ese modo lo explica muy bien Xavier Valiño, que retrata con palabra fácil las tensiones entre los miembros de la banda, y el momento excepcionalmente creativo al que no renuncian, aunque tengan que verse las caras cada día. Valiño habla de "Rumours" y del difícil trayecto que llevó a él, una búsqueda musical que duró años, resuelta en gran medida por el azar un día en que Mick Fleetwood salió a hacer la compra. Era necesario que todo lo que le precede se nos contara, porque el disco no nace de la nada sino de ese largo proceso, de un horizonte siempre borroso que al final se despeja. Valiño construye un relato preciso y nos lleva de la mano por las vidas de sus protagonistas, nos adentra en las canciones y discretamente se retira y nos deja con ellas, el legado de tres hombres y dos mujeres al que ningún algoritmo puede aspirar.