Lgtb blues

LGTB BLUES 1921-1965. Héctor Martínez González.
Allanamiento de Mirada. 2025. 373 páginas.

Punto de partida: el autor, Héctor Martínez, y la editorial, Allanamiento de Mirada. Aléjese, pues, toda sombra de oportunismo al abordar el estudio del blues desde una óptica queer. Este es un libro serio, que habla de música, sí, pero sobre todo es Historia, documentada y rigurosa, sin hipótesis ni teorías, sin discursos. La realidad histórica que hunde sus raíces en el siglo XIX. Martínez podría haber elaborado un diccionario enciclopédico, pero ha preferido dar forma narrativa a su abrumador saber. Nos encontramos, pues, ante una acumulación ingente de datos y de nombres propios, a través de los que fluye suavemente la visión animada de unos años en los que ser diferente o vivir la sexualidad más allá de los márgenes se trasladaba a la música de la comunidad negra de los Estados Unidos, a veces veladamente, a veces con descaro. Es una historia que sucede en los prostíbulos o en los nite clubs, en los fumaderos de marihuana o en los speakeasies, en las salas de fiesta o en los buffet flats y rent parties, en el chitlin' circuit y en los tent shows. Un fenómeno predominantemente urbano, con representación en Harlem, en el Bowery, en Chicago, en la Barbary Coast de San Francisco, en cualquier ciudad con un barrio rojo y una población negra dispuesta a romper las reglas y divertirse. En la urbe ser diferente era más fácil - o menos difícil - que en la América rural. Hablamos de garitos en los que hay música y canciones con letras osadas. Martínez nos adentra en la jerga necesaria para comprender el verdadero sentido de lo que decían esas canciones, especialmente en su forma original, libre de una censura - autocensura incluso - que aparecerá en el momento de grabar las canciones. Es el lenguaje eufemístico y soez de los barrios negros y del blues, llevado a su máxima expresión en los locales del "ambiente". A lo largo de las primeras cien páginas nos encontramos con hombres que se disfrazan de mujeres y mujeres que visten frac, predicadores que alertan del pecado más sucio y otros que lo gozan, mujeres enamoradas que pasean cogidas de la mano, artistas que ocultan su sexualidad y artistas que la proclaman,  fiestas libertinas y sórdidos encuentros que escandalizan al propio García Lorca, profesor visitante en Nueva York. Desfilan músicos desconocidos, poco conocidos y muy conocidos. Una época dorada, o más bien lila (lavender), que acaba bruscamente en la década de los 50, cuando el código Hays se impone y ser homosexual se convierte en un amenaza para la seguridad nacional.  Como es habitual en esta colección literario-musical el texto incluye las letras de un buen número de canciones, más de un centenar, y su traducción, así como los archivos digitales de grabaciones restauradas con mimo por Paco Espínola.


Ronnie Lane Ooh La La!

RONNIE LANE OOH LA LA LA! Vida y obra de un (Small) Face. Javier Cosmen Concejo.
Sílex. 2025. 322 páginas.


Regresa Javier Cosmen a un escenario en el que dioses y semidioses convivían en Londres. Si en ocasiones anteriores se fijó en etapas concretas de The Who y The Rolling Stones, en esta ocasión recorre la biografía completa de Ronnie Lane. Una apuesta arriesgada, dirigida a un público mucho más reducido, en el que cualquier reclamo se queda corto: no es lo mismo citar en el título de un libro las palabras "Quadrophenia" o "Sticky Fingers" que "Ooh La La!", que a muchos nos lleva más a Montmartre que al East End. Además, ¿quién es Ronnie Lane y por qué ha de interesarnos leer trescientas páginas sobre su vida y obra? Ni siquiera las bandas que creó o contribuyó a crear - Small Faces, Faces, Slim Chance - ocupan los primeros lugares en la historia del rock, y algunos de sus compañeros en ellas - Ron Wood y Rod Stewart - han gozado y gozan de una notoriedad que sin duda atraería a más lectores. Cosmen lo justifica en su introducción: "pude ver en él al ser humano mucho antes que a la celebridad", dice. Es esta una historia triste y sin final feliz, nos advierte, como si quisiera prevenir a quien se proponga leer las andanzas de su personaje. Es un libro honesto, en el que el autor nos presenta a Lane en toda su descarnada humanidad, y de ese modo se nos hace entrañable en su patetismo. No fuerza Cosmen los elementos dramáticos ni embellece las zonas de sombra. Es lo que es, la vida de un chaval londinense que soñó con ser músico y que murió siéndolo, que luchó por hacer la música que quería hacer y no otra, que se sobrepuso a una enfermedad terrible e incapacitante, que sembró de luz los textos de sus canciones. La biografía de Lane es a la vez un rico mosaico de la música del momento, en el que aparecen numerosos personajes, obligando a Cosmen a introducir breves apuntes biográficos al paso, y se agradecen porque no llegan a distraer de la lectura y cumplen mejor que una nota a pie de página. Pero no nos engañemos, eso es solo contexto: si este libro nos interesa es por este hombrecillo, con apariencia de duende, que halló refugio en las enseñanzas de Meher Baba, en el calor de la amistad (ahí están Pete Townsend o Eric Clapton, por ejemplo, con quien tocaba por los pubs sin ser anunciados), en el amor de las mujeres con las que vivió y, por encima de todo, en la música, esa amante a la que nunca renunció. No fue una estrella, la fama le fue esquiva, vivió miserablemente mientras los demás disfrutaban de grandes mansiones, murió sabiendo que iba a morir. Es una historia triste, sí, es la que Cosmen quiso que conociéramos. En estos tiempos que corren es bueno leerla.

La música viaja en tren

LA MÚSICA VIAJA EN TREN. Miguel López.
Sílex. 2025. 479 págs.


Miguel López ha entregado una obra apasionante que llevaba construyendo con mimo de ebanista a lo largo de los años, y quién sabe durante cuántos más había ido gestándose en sus sueños y en sus vigilias. Este es un libro necesario por el mero hecho de su existencia. Posiblemente nadie lo habría echado en falta si López no lo hubiera escrito y Sílex no lo hubiera publicado, pero qué riqueza se habría perdido. Este es un libro que habla de música y de trenes y de cómo se relacionan, poniendo principalmente la mirada en los Estados Unidos y en las Islas Británicas. No se queda ahí, en la fácil enumeración enciclopédica de canciones que hablan de trenes o los mencionan, sino que amplía su visión haciendo que abarque los aspectos sociales, políticos, económicos y culturales que han conformado el mundo en un siglo, el pasado, en el que la música popular se transformó y rompió barreras geográficas y vitales. Así, en los primeros capítulos se teje un tapiz histórico en el que la esclavitud y la segregación racial en los Estados Unidos alimentan un paisaje de canciones y de músicas que viajan en los trenes, los mismos  a los que se aúpan clandestinamente los hobos, los vagabundos que hacen de su vida un continuo viaje. La música negra tiene un protagonismo absoluto en las primeras páginas, condición que va cediendo paulatinamente a los cantantes folk, testigos de las penalidades de las capas menos favorecidas de los trabajadores, y posteriormente a quienes como los cuatro de Liverpool retrataron un mundo en constante transformación. La narración serpentea mientras rememora los nombres propios que van poblando la historia, nombres de músicos y de canciones, de trenes y de líneas de ferrocarril. El Midnight Special es tan importante como pueden serlo Johnny Cash, "Mistery Train" o la Belfast and County Down Railway. Con gran habilidad Miguel López conduce cada uno de los capítulos hacia una figura principal: Bessie Smith, Robert Johnson, Honeyboy Edwards, Duke Ellington, Jimmy Rodgers, Woody Guthrie, Johnny Cash, Bob Dylan, los Beatles, Van Morrison y Tom Waits se suceden en el relato. Del de Pomona y del de Belfast tiene López libros publicados, y su conocimiento de Dylan no es desde luego menor, por lo que cabía esperar estas elecciones, pero sorprende en la de Honeyboy Edwards, mucho menos popular y al que merece la pena conocer. Junto a ellos aparecen muchos más nombres de músicos, otras historias, narradas más sucintamente pero no con menos profundidad. Unas y otras conforman una crónica que recorre décadas y miles de millas. Una vez concluido el viaje, López, gran conocedor de los entresijos de nuestra compañía ferroviaria nacional, nos regala un apéndice en el que la música, exigua, es solo una excusa para asomarnos a la historia política de España a través de la pequeña historia de Renfe.

Petty

PETTY. Warren Zanes.
Neoperson. 2017. 411 págs.


Warren Zanes podía haber escrito una novela en lugar de una biografía y el resultado se parecería mucho, porque la vida de Tom Petty es novelesca, un relato de América en sí misma. La diferencia es que Thomas Earl Petty existió. Zanes es músico además de escritor y esa condición le lleva a comprender como si fueran suyas las motivaciones, las inseguridades, los miedos y la reacción ante el éxito de ese chaval rubio de Florida que supo desde muy joven que la felicidad solo la podría alcanzar en una banda. Había algo en las caras de los Beatles que se parecía a la libertad, le confiesa al autor del libro. La vida en Gainsville era una ratonera y la convivencia familiar un desastre. El padre, Earl Petty, un mestizo hijo de madre india, formaba parte de ese sueño americano roto, un estadounidense más moviéndose a toda velocidad hacia los gloriosos años cincuenta. La huida de ese mundo, de la vieja canción del Sur, de los aparcamientos de autocaravanas y las casas prefabricadas, pasaba por el rock necesariamente y el adolescente Tom tenía la habilidad para convencer a otros de que abandonaran sus estudios a cambio de una idea. A él también le importaban poco. Empieza ahí a arraigar un sentimiento de comunidad que difícilmente podía encontrar en su familia o en la ciudad, un todos para uno y uno para todos en el que se cimentó el futuro, primero en Mudcrutch, fugazmente, y ya para siempre en The Heartbreakers. Un difícil equilibrio porque Petty era el líder natural, el que atesoraba talento y derrochaba carisma, el príncipe rubio. Escribe Zanes: cualquiera de sus primeros fans locales que diga que vio la gloria venir, probablemente se olvida de que ellos nunca la vieron. De esa travesía habla el libro, la crónica de una vida en la carretera y en los estudios de grabación en la que los elementos dramáticos golpean con fuerza la búsqueda de la felicidad. La narración, exquisita y compasiva, huye del sensacionalismo, el drama habla por sí solo: las tensiones entre los Heartbreakers, siempre a punto de poner en riesgo un proyecto que ninguno de ellos, ni siquiera el díscolo Stan Lynch, quería romper porque de algún modo sentían que era más importante que ellos mismos; el fracaso de un matrimonio, el fantasma de otra vida familiar imperfecta, la angustia de la culpa por no haberlo visto a tiempo; las adicciones, la entrada en escena de la heroína, silenciosamente, y el empeño de Petty en hacer de su dependencia un problema personal que solo él podía conocer y resolver. Demasiadas cosas en torno a la música y sin embargo la música como medicina. Esta es la historia de un hombre que cargó con su pasado para escribir su futuro, y lo consiguió. 

Alaska y otras historias de la movida

ALASKA Y OTRAS HISTORIAS DE LA MOVIDA. Rafa Cervera.
Lunwerg. 2025 (edición revisada del original de 2002). 364 págs.


Este es un libro viejo, no tanto como para estar escrito mientras sucedían los hechos, pero lo suficiente como para no caer en la trampa de mitificarlos. Es curioso volver a esa edad intermedia, el año 2002, en la que Rafa Cervera ya no era el jovenzuelo que escribía su fanzine en el Madrid de los 80 y a la vez distaba de ser el escritor que los años siguientes revelaron. Cervera es en este libro un periodista sobrio, centrado en las historias cotidianas que conoció y revive y en aquellas que otros que las vivieron le contaron. Las historias hablan de Alaska: basta ver la tipografía de la cubierta para darse cuenta de que lo que importa aquí no es la denominada "movida (madrileña, por supuesto)" sino una de sus protagonistas, y no cualquiera sino la que ha conservado y magnificado con el paso del tiempo su estatus de estrella. Si Alaska no hubiera aparecido en la España gris de los setenta, los años siguientes habrían perdido color. Dicho así parece una exageración, pero prueben a borrarla de nuestra memoria y verán la diferencia. Olvido Gara es el hilo conductor de esta historia de pegamoides y dinaramas, el personaje y la persona que se funden en una sola, tremendamente humana, con sus dudas y su romanticismo, su imposible equilibrio en un entorno desquiciado y desquiciante, su voluntad de ser ella misma. La narración nos presenta numerosos actores secundarios, pero el papel principal no admitía competencia. Pobre Berlanga, que no lo entendió. Él no era nadie, ni lo era Nacho Canut, ni Ana Curra, que eran protagonistas de sus propias historias, pero no de la historia que fascinó a Umbral, aunque no comprendiera nada. No es de música de lo que hablamos. Si fuera así, el Zurdo o Eduardo Benavente, meros satélites del planeta Alaska, tendrían mucho más protagonismo del que tiene esta mujer. Este es el relato de cómo el underground madrileño proyectó al espacio sideral a un trío de adolescentes de colegios bien que no estaban hechos para la música y que acabaron rivalizando - oh cielos - con Mecano, una versión modosita de ellos mismos. La crónica de los años que cimentaron su leyenda es la de unos críos que se comportaban como tales, presos de emociones incontroladas, de cotilleos y celos, de berrinches y desahogos. Se creían divinos y quizá lo eran. Cervera exprime esos años a pie de calle, y nos regala retratos de una fauna extinta hoy - veánse las Costus o Paloma Chamorro - o metamorfoseada e irreconocible - ahí Almodóvar y McNamara -. En su acta de los hechos hay tanta observación como cariño. 

Mis años rockeros

MIS AÑOS ROCKEROS. Jordi Sierra i Fabra.
Sílex. 2024. 262 págs.


No conservo revistas musicales, siempre las traté como algo efímero y, sobre todo, difícil de almacenar. Leí muchas siendo adolescente, cuando se forma el gusto, y en aquel entonces, la primera mitad de la década de los 70, eran un tesoro escondido. Empecé con Disco Exprés y más tarde con Popular 1, y por esa razón el nombre de Jordi Sierra i Fabra, que aparece en la fundación de ambas, forma parte de mis recuerdos musicales. Esta historia es, pues, también la mía, justo desde el otro lado: yo era el chaval que leía lo que aquel veinteañero escribía. Sorprende, en esta época postmoderna en la que las firmas se multiplican, que él fuera responsable de la autoría, firmada o no, de la casi totalidad de los textos. O sea, que le debo mucho. Echo un vistazo a un especial del Popu sobre Yes (que guardé en su día en la carpeta de Yessongs) y así es: todo el texto es suyo.Una actividad febril y apasionada, sin duda. A eso añadió biografías de estrellas del rock, enciclopedias y libros de temática musical, colecciones de quiosco y lo que se presentara, incluidas revistas de consumo masivo, como Super Pop. Una tarea titánica, en unos años en que las fuentes bibliográficas eran escasas y la España del tardofranquismo era una esquina en el mapa, una esquina en que la música de melenudos era eso, música de melenudos. Las memorias torrenciales de Sierra i Fabra, que dan la impresión de estar escritas de corrido en un par de tardes (y quién sabe si así fue, viendo la inabarcable producción de este hombre), dan cuenta de la locura de quienes creyeron, contra toda razón, que escribir sobre música tenía un sentido y se lo jugaron todo en esa partida. Les fue bien, contra todo pronóstico, y a nosotros y a los que vinieron nos iluminaron sobre lo que no conocíamos y posiblemente sin su ayuda no habríamos conocido. Sierra i Fabra, después de estar metido en todos los saraos, se retiró hace muchos años del periodismo musical y dio en escribir obra literaria, esto es, novelas, aclaración pertinente porque en aquel entonces musical y literario eran conceptos que no casaban, ni por lo civil ni por la iglesia. Pero eso es otra historia. 


Ma Rainey. 1923-1928

MA RAINEY. 1923-1928. Todos sus blues. Paco Espínola.
Allanamiento de mirada. 2024. 258 págs.


En la portada, llena de colorido, Ma Rainey, esa mujer realmente fea en palabras del pianista Champion Jack Dupree, nos sonríe y nadie podría desdeñar la invitación a acompañarla, a escucharla cantar. En la primera página de la biografía de Paco Espínola la fotografía, en blanco y negro, no nos muestra a la cantante sino a un hombre negro que cuelga de un árbol. El pie de foto lo identifica como Rubin Stacy, linchado en Fort Lauderdale, Florida, un caluroso día de julio. El epígrafe se titula "El contexto", y nos sitúa en los que fueron llamados felices años 20. La imagen nos viene a recordar que no lo fueron para todos y, desde luego, no para los negros. Es la época en que nace el blues clásico femenino. Espínola va a narrar en solo veinticinco páginas cómo sucedió, y con concisión y destreza nos sumerge en la vida urbana y rural, y hace desfilar a los artistas de vodevil, a los cantantes de iglesia, a los buscavidas del negocio del entretenimiento, a los trabajadores de las plantaciones, a las bandas de jazz, a  Louis Armstrong y a Bessie Smith. Es el retrato de una época, aquella del Gran Gatsby y los brillos de la Costa Este, y, claro, son mundos distintos en un mismo país. Espínola nos adentra en el otro, en el que la música no proviene de las calles principales y se desplaza por circuitos del viejo Sur, donde se cruzan los caminos y las historias. En ese viaje hay 94 canciones de Ma Rainey, grabadas en los años 1923 a 1928, todos sus blues, como reza el subtítulo. Escucharlos es otro modo de entrar en el relato. Es el modo de hacerlo y viajar en el tiempo. El libro, o "librisco", como denomina el editor Espínola a sus aventuras literario-musicales, se completa con notas y bibliografía y con las canciones en formato digital, cuidadosamente restauradas, y la letra de todas ellas, en inglés y en su traducción al español, una labor ardua que nos permite allanar nuestra mirada y estar allí y entonces con Ma Rainey, escuchando su voz en grabaciones que traen hasta nosotros el sonido de aquellos días, crepitante, desnudo.


Peter Gabriel. Un explorador musical y su tiempo.

PETER GABRIEL. Un explorador musical y su tiempo. Javier de Diego Romero.
Sílex. 2024. 539 págs.

Siete años han transcurrido desde la publicación de su libro anterior, lo que da una idea de la envergadura de esta obra. No se trata tanto de que sobrepase las quinientas páginas sino de lo que estas encierran, un estudio completo del artista y su tiempo, como bien avanza el subtítulo. Nada nuevo supone el enfoque, pues ya lo hizo el autor con su libro sobre The Kinks, y todo lo que dije entonces vale también ahora (The Kinks. Música, cultura y sociedad). Javier de Diego es un equilibrista que consigue ilustrar sobre aspectos muy diferentes que hacen del libro un todo que va mucho más allá del estrecho margen del periodismo musical. Su erudición es tal que podría aplastarte si cayera de golpe sobre ti, pero él la dosifica de tal modo que ensancha suavemente tu conocimiento. Tal vez sepas qué es la discordantia perfecta o la cadencia plagal, conozcas de sobra quiénes fueron Stephen Biko o Mark Rothko, estés al tanto del problema kurdo o de lo que significó Sun City en Sudáfrica, incluso recuerdes el frustrado proyecto del parque cultural en Barcelona '92. Pero es casi imposible que domines todas las materias sobre las que el libro nos ilustra, conectadas con la obra personalísima de Peter Gabriel. De Diego nos lo pone en bandeja, sin necesidad de abandonar la lectura para una urgente búsqueda en internet: sus miradas a los márgenes, que cualquier otro habría omitido o reducido a la mera mención, sirven para ubicar a la perfección al artista y su obra. Un artista singular, por cierto, al que retrata en sus miedos y sus inseguridades, en su visión sensible del mundo y en un compromiso tan puro que difícilmente se puede identificar con la política. Impecable la narrativa de sus años juveniles y de su encuentro con los colegas del colegio privado de Charterhouse con los que formaría Genesis; fascinante el modo en que se nos va revelando el artista, oculto tras las máscaras de una teatralidad inseparable de su relación con el público. De ahí a la necesidad constante de experimentar y avanzar, a su carrera en solitario, siempre un paso más lejos, y a la búsqueda en su propia psique, asistimos al alumbramiento de discos únicos. De Diego no se limita a destripar las canciones, entra en las profundas motivaciones de Gabriel, y al hacerlo nos ofrece piezas magistrales, como el capítulo "Vanguardia y locura". El relato se mueve gradualmente hacia las nuevas tecnologías, la preocupación por el planeta, el posicionamiento contra el racismo y por la paz alimentan nuevos intereses artísticos, culturales y sociales, promoviendo las músicas del mundo y orillando la publicación de discos propios, y sin darnos cuenta pasan los años pero Peter Gabriel sigue ahí de otra manera, como una figura arcangélica. Javier de Diego nos ha regalado un volumen al que, dada la ralentización exagerada de la actividad de Gabriel, poco o nada haya que añadir en el futuro. Una obra encomiable y posiblemente cerrada.


Slow Train Coming. Bob Dylan y la cruz de Jesús.

SLOW TRAIN COMING. Bob Dylan y la cruz de Jesús. Luis Lapuente y Ana Aréjula.
Efe Eme. 2024. 232 págs.

Dan a entender el título y sobre todo la portada que este libro trata del primer álbum cristiano de Bob Dylan, y sí y no, afortunadamente, porque hubiera sido limitar demasiado el enfoque. El subtítulo es realmente lo que importa en este caso. Del disco, concebido a la mayor gloria de Jesucristo, ya se ha dicho y escrito suficiente como para que cualquier dylanita lo sepa de memoria, y aunque Lapuente nos lo podía volver a contar y mejor contado que otros, ese viaje no era necesario y él lo sabía. Lo que nos entrega, junto con Ana Aréjula, gran conocedora de la obra de Dylan y de los textos bíblicos, es mucho más, es un trabajo documentado y reflexivo, impagable, sobre la religiosidad de Bob Dylan, algo que no fue flor de un día o de una trilogía de discos sino que, nunca mejor dicho, venía de antiguo, es decir, del Antiguo Testamento. A cualquiera que se haya molestado en prestar atención a las canciones de Dylan no le habrá pasado desapercibida la abundancia de referencias bíblicas desde el inicio de su carrera. Ya antes de la trilogía cristiana más de una tercera parte de sus canciones tenían contenido bíblico. Lapuente y Aréjula dan testimonio de ello, con profusión de citas literales del libro de los libros que sorprenderán a los lectores. Robert Zimmerman, a quien fue impuesto el nombre hebreo de Shabtai Zisel ben Avraham, fue siempre un lector de las escrituras, acudió a la escuela rabínica y celebró el Bar Mitzvá. Cuando llegó a Nueva York su nombre era ya Bob Dylan y no quería limitarse a ser judío, aunque indudablemente no dejaba de serlo. Un judío aparentemente descreído de todo y enormemente curioso. Dos décadas después esa curiosidad le acercó a Jesús de Nazaret, que para la fe hebraica solo era un profeta, y para los cristianos el Mesías. Lapuente y Aréjula nos explican qué significaba ser cristiano en los Estados Unidos de los años sesenta y setenta, cuáles eran las iglesias diversas que poblaban aquel país, un didáctico e interesante acercamiento a una realidad religiosa que resulta ajena a quienes solo hemos conocido el catolicismo. Dylan, a través de la comunidad de la Viña, vive una nueva fe, un proceso de conversión que le aleja de un buen número de seguidores, más aún cuando se niega a cantar sus antiguas canciones, y sale de gira, tres veces consecutivas, cantando exclusivamente himnos de alabanza al Señor. El texto de Lapuente y Aréjula relata, desde la distancia y sin perder la empatía con la persona, la convulsión que supuso su actitud (y los sermones apocalípticos con los que obsequiaba al público de sus conciertos) y la incomprensión de público y crítica. Después de tres años y tres discos asombrosos, que en su momento fueron despreciados mayoritariamente, Dylan dejó de predicar, y se suele decir que ahí acabó su etapa cristiana (lo dicen quienes no se preocuparon de escuchar Infidels, claro, su siguiente disco). El caso es que volvió a ser aceptado por muchos de quienes renegaron de él, se le perdonaron sus veleidades religiosas, e incluso los judíos vieron señales de que había vuelto a la religión de sus antepasados. ¿Fue así? En el libro de Luis Lapuente y Ana Aréjula está parte de la respuesta. La otra, por supuesto, está en el viento.



Rumours. La tormenta emocional de Fleetwood Mac.

RUMOURS. La tormenta emocional de Fleetwood Mac. Xavier Valiño.
Efe Eme. 2024. 232 págs.

Este es un libro que enseña por qué un lote de canciones puede alcanzar la perfección, cruzar décadas y perpetuarse en el tiempo. Nos habla de una banda de blues en busca de su identidad, zarandeada por los conflictos y las deserciones, que acaba por reinventarse con lujosas sonoridades pop. El camino lo hacen al revés, desde la Inglaterra de los años 60 y el árbol de generoso follaje que fue John Mayall, explorando los recovecos del blues, hasta la América de los 70 en la que se dan de bruces con el mainstream. En esa travesía quedan atrás discos exquisitos y músicos desquiciadamente fantásticos, relaciones personales difíciles y fracasos. En Inglaterra ya no son nadie, pero en América les siguen queriendo. Y de repente el estallido, música colorista para un disco eterno con portada austera, fotografiada en blanco y negro. Un disco que suena amable y entusiasta, con melodías alegres y ritmo contagioso. Un disco en el que las letras hablan de desamor y ruptura, de infidelidades, rencor y reproches, en el que los músicos vacían en las canciones sus sentimientos y su dolor. Un disco en el que las canciones hablan de ellos mismos. Un contrasentido. Cómo pudo surgir algo semejante y culminar de ese modo lo explica muy bien Xavier Valiño, que retrata con palabra fácil las tensiones entre los miembros de la banda, y el momento excepcionalmente creativo al que no renuncian, aunque tengan que verse las caras cada día. Valiño habla de "Rumours" y del difícil trayecto que llevó a él, una búsqueda musical que duró años, resuelta en gran medida por el azar un día en que Mick Fleetwood salió a hacer la compra. Era necesario que todo lo que le precede se nos contara, porque el disco no nace de la nada sino de ese largo proceso, de un horizonte siempre borroso que al final se despeja. Valiño construye un relato preciso y nos lleva de la mano por las vidas de sus protagonistas, nos adentra en las canciones y discretamente se retira y nos deja con ellas, el legado de tres hombres y dos mujeres al que ningún algoritmo puede aspirar. 

The Velvet Underground, etc

THE VELVET UNDERGROUND, ETC. El grupo que pervirtió la música rock. Rafa Cervera.
Libros Cúpula. 2023. 413 págs.


Libros Cúpula, editorial del grupo Planeta, aglutina una miscelánea de obras definidas como "del día a día". En ella se incluyen cosas como autoayuda, educación emocional, cocina, fútbol... y este libro. La ubicación del excelente trabajo de Rafa Cervera en este plantel provoca perplejidad. ¿Es la legendaria banda neoyorquina algo del "día a día"? Es cierto que evolucionaron del estado de malditos al de artistas de culto, de no ser seguidos más que por unos pocos a ser reverenciados por muchos, pero choca encontrarles compartiendo catálogo con el Cholo Simeone. Posiblemente sea este el signo de los tiempos, como las camisetas de The Ramones. Ay, Andy, mereces un lugar entre los profetas. De Warhol, por supuesto, se habla, y mucho, en el libro. Aunque su vinculación con la banda acabara pronto, la relación personal no se desvaneció, y su presencia / ausencia, perturbadora, llegó más allá de su muerte. También se habla mucho de Nico. Está en la cubierta, en esa magnífica imagen tintada de amarillo, precisamente de amarillo. No se puede entender The Velvet Underground sin Warhol y sin ella, sin sus contribuciones a eso que Cervera llama "pervertir la música rock". Por eso sus nombres encabezan dos de los capítulos de la primera parte del libro, perfiles biográficos de seis personas fuera de sitio en la sociedad de finales de los años 50, que encontraron su lugar siendo especiales. ¿Fueron The Velvet Underground una creación de Warhol? ¿Debemos considerar a Nico miembro de la banda? Rafa Cervera no se hace preguntas, pero las contesta todas al escribir esta historia que habla de la música como arte y transgresión, de rebelión y revelación (rebelarse / revelarse), de la gestación del futuro en unos pocos discos y actuaciones sin demasiado éxito. Rafa Cervera se pasea por The Factory, por el Max's y por el CBGB como un visitante de otro tiempo que extasiado toma notas en su libreta. En realidad se ha hundido en montañas de documentos que acumuló durante décadas y ha reconstruido el pasado para ofrecérnoslo, porque nosotros no estuvimos, porque nadie estuvo. Eran aquellos años en que The Velvet Underground eran un experimento ruidoso que se disolvió en el silencio, diseminando polvo estelar. Rafa Cervera lo cuenta como él sabe, con las palabras justas, guiándonos a lo largo de trescientas cincuenta páginas, una narración elegante y sobria, que no distrae del propósito del libro: explicar por qué lo que cuenta fue importante, por qué sigue siéndolo.

Sobras Completas. Flaco Barral.

SOBRAS COMPLETAS. FLACO BARRAL. Paco Espínola.
Allanamiento de Mirada. 2023. 323 págs.


Flaco Barral, dicho así, de sopetón, es alguien, seguro. Con ese nombre no se puede no ser alguien. Sin embargo, es fácil no ubicarlo, porque Jorge Barral, afincado en España desde 1973, siempre ha estado escorado hacia esa parte de la escena musical donde la fama no alumbra lo suficiente. Su modo de enfrentar el oficio tampoco ayuda, más preocupado de hacer las cosas bien que de triunfar, bohemio y generoso, artista y soñador. Paco Espínola, alma de Allanamiento de Mirada, nos descubre en una larga entrevista los motivos para que el Flaco sea algo más que un nombre. Espínola se sabe a Barral, y el formato de entrevista es una excusa para biografiarle. Está bien que sea así porque es su voz, la del Flaco, la que habla. Hay una historia de la música de los últimos sesenta años que transcurre en los márgenes. O en la otra orilla del charco, porque empieza en los garitos de Uruguay y Argentina, y de ahí pasa a los teatros. Muy lejos de aquí, donde continúa, en un momento en que en el territorio español se abren poco a poco puertas de libertad que en el cono sur se cerraban con golpes sordos. Esto que nos cuenta Barral tiene contexto, social, político. Pero es, por encima de todo, música y búsqueda artística. Sorprende la cantidad de géneros por los que se mueve: el rock, el blues, el folk, el progresivo, el rock andaluz, las músicas orientales y africanas, lo que se presentaba. Había que ganarse el pan y había también una inquietud artística, ganas de aprender y sobre todo de imbuirse de cada descubrimiento, de no sonar impostado. Flaco, en cada momento, ha creído en lo que hacía, y si no lo creía no lo hacía. Su camino se cruza con el de muchos nombres conocidos y con el de muchos desconocidos, y en todos esos encuentros hay verdad. Forma parte de bandas efímeras, acompaña a otros artistas, o desde la mesa de mezclas da forma a proyectos ajenos. En el copioso archivo de imágenes del libro se da testimonio gráfico de lo narrado. En los dos CDs cuidadosamente compilados por Espínola se mide el alcance de su obra.


Conversaciones con Teddy Bautista

CONVERSACIONES CON TEDDY BAUTISTA. Luis Lapuente.
Efe Eme. 2023. 217 páginas.

Para los que ya tenemos una cierta edad, Teddy Bautista fue alguien que aparecía y desaparecía puntualmente de la escena. En mi niñez él era a Los Canarios lo que Mike Kennedy a Los Bravos, y cantaba en inglés canciones que no entendíamos pero que no parábamos de cantar, a nuestra manera. Después nos enteramos de que Canarios – entonces se llamaban ya así – tenían un disco muy raro, con música electrónica y préstamos de Vivaldi. Siendo nosotros adolescentes Bautista era Judas en Jesucristo Superstar, un galimatías. Y andaba entre amigos con Aute en el famoso disco doble. Finalmente, cuando nos salieron las primeras canas, Eduardo Bautista fue el villano nacional, reo del delito de impedir que todo fuera gratis. Esos episodios inconexos de nuestra memoria forman parte de la trayectoria de un personaje singular, y Luis Lapuente, con su habilidad para ponerse a la escucha y juntar las piezas que dan sentido a una historia, nos lleva a descubrir la importancia de Teddy Bautista en la escena española, desde su papel decisivo en la importación del soul a mediados de los años sesenta, su inquietud por los avances tecnológicos incorporados a la música, su olfato para subirse al barco de legendarias producciones musicales foráneas como The Rocky Horror Show o Jesus Christ Superstar, hasta su empeño en modernizar la sociedad de autores y defender el derecho de los artistas a percibir los frutos de sus obras. El formato de preguntas y respuestas es una excusa para dejar que Bautista entre en una narración en primera persona, tal es así que parece que estemos viajando con él en el tiempo a su casa de Las Palmas de Gran Canaria, o que en su estudio nos movamos entre sus exclusivísimos sintetizadores. El libro dedica un espacio necesario a restaurar la imagen dañada de Teddy Bautista, ese hombre culto y sensible, pasional, avanzado a su tiempo, que vivió la sombra de la cárcel y el desprestigio público, a merced de fuerzas poderosas contra las que es difícil salir ileso. Lapuente le brinda generosamente las páginas de su libro, porque nadie más lo hizo cuando tocaba hacerlo. 





Good Pop, Bad Pop

GOOD POP, BAD POP. AN INVENTORY BY JARVIS COCKER. 
Penguin Random House. 2022. 361 págs.


David Bowie y Bob Dylan sorprendieron una vez más al mundo revelando sus ordenadas y apabullantes colecciones personales, uno a través de su exposición "David Bowie Is", el otro mediante su museo en Tulsa. Rastrear sus vidas y obras no solo a través de ingente material sonoro, también en sus objetos personales, acrecentó su estatura. Jarvis Cocker es, ya se sabe, un tipo poco propenso al orden, y de eso dieron fe quienes convivieron con él en los años de Pulp (véase "Calles que fueron nuestras", Sílex 2019, https://callesquefueronnuestras.blogspot.com/). Poco podíamos esperar entonces, y menos cuando a lo que se dedica en este libro es a vaciar un trastero en el que tenía olvidadas cosas desde años atrás, testigos mudos que datan desde los tiempos de su niñez. Cocker nos invita a examinar el contenido caótico que va apareciendo ante sus ojos y a compartir con él la decisión de conservar cada objeto o tirarlo a la basura. Bolsas de establecimientos comerciales, juguetes baratos, ropa de mercadillo, pastillas de jabón, chicles, tarros de salsa, gafas rotas, y un largo etcétera en el que entran algunos instrumentos musicales y cuadernos de apuntes. Lo que parece un vaciado sin mayor interés va convirtiéndose en una exploración amena por la ciudad de Sheffield hace medio siglo y por la infancia y juventud del protagonista del inventario. Pulp aparece en todo momento, no hay que olvidar que el proyecto nace en la mente de Jarvis Cocker en sus años escolares, y se materializa antes de abandonar el colegio. Ahí están, por tanto, los materiales del primer Pulp, un experimento bastante cutre, tanto que despierta una sonrisa. A partir de ahí desaparecen los límites, hay buen pop y pop malo, y Cocker aspira a lo sublime. Su análisis sobre la creación artística es certero, con las palabras justas y un británico sentido del humor que siempre se agradece. A lo largo del libro, cuidadosamente ilustrado con fotografías que revelan un universo personal que explosiona en los años 90 en un fogonazo que ilumina los cielos de la música, este conjunto desordenado de materia es el auténtico polvo de estrellas, en él están todos los elementos químicos que dieron lugar a la vida de Pulp. En la última página Jarvis revela que su número es cuarenta, y nos invita a descubrirlos, porque con ellos se escribieron canciones memorables, algunas de ellas inmortales. Hay, pues, una segunda lectura de "Good Pop, Bad Pop".

Todo lo que importa sucede en las canciones

TODO LO QUE IMPORTA SUCEDE EN LAS CANCIONES. Fernando Navarro.
Pepitas de Calabaza. 2022. 242 págs.


Fernando Navarro pertenece a esa raza de periodistas musicales que no solo conocen y aman su trabajo, sino que además escriben muy bien. En sus artículos en prensa lo literario embellece el mensaje y lleva al lector más allá del dato o la crónica. En alguien como él dar el salto a la novela es normal. Ya lo hizo hace casi una década, con "Martha. Música para el recuerdo", en la que una cinta de casete y una canción eran el punto de partida. Con su segunda novela, "Todo lo que importa sucede en las canciones", la música habita en el personaje protagonista, las canciones son su refugio pero también le explican a sí mismo quién es, determinan inconscientemente sus actos, son parte importante de su visión del mundo y de su relación con los demás.  Por medio de ellas se justifica y también con ellas se mira en el espejo del fracaso. En ellas encuentra un motivo para salir adelante. Navarro crea un relato en el que la crisis personal del protagonista trae a escena a personajes de su realidad cercana: la mujer de la que se acaba de separar, su hijo pequeño, la muchacha con la que intenta una relación, y su madre fallecida, viva en el recuerdo. Pero también aparecen en las páginas del libro otros personajes no menos reales y quién sabe hasta qué punto tan cercanos: son Bob Dylan - él, siempre él -, Bruce Springsteen, Tom Petty, Lucinda Williams, Patti Smith, Neil Young... hasta un total de catorce entran y salen de la historia, hablándole desde sus canciones. Sientes que alguna vez te han hablado también a ti, o que en algún momento lo harán, porque todo o al menos mucho de lo que importa está escrito en las canciones. Fernando Navarro navega en estas páginas entre dos aguas, la de la divulgación musical desde la erudición, y la de la narración de una historia cotidiana, vivida en las calles de Madrid, contada desde la emoción de la música. Al final, para el protagonista, periodista musical, todo es lo mismo. Y la hierática psicóloga a la que visita tal vez no lo entienda, pero tú, lector, apuesto a que sí.

Filosofía de la canción moderna

FILOSOFÍA DE LA CANCIÓN MODERNA. BOB DYLAN.
Anagrama. 2022. 340 págs.
Bob Dylan escribió en 1965 Tarántula, un experimento de prosa poética en forma de flujo de conciencia. En el año 2004 se publicó Crónicas. Volumen I, narración autobiográfica centrada en solo tres años de su vida y carrera artística. Del primero dijo que no tenía la intención de escribirlo como tal libro; del segundo, que se le fue de las manos la redacción de notas para la reedición de tres de sus discos. Sus dos obras publicadas no le habrían servido para merecer el Nobel de literatura. Fueron sus canciones, los más de seis centenares que había escrito, las que le valieron en 2016 el galardón por haber creado una nueva expresión poética dentro de la gran tradición de la canción americana. Eso dijeron los académicos. Ahora Dylan cierra el círculo publicando un libro, Filosofía de la canción moderna, que habla de canciones, las canciones de otros. Lo ha ido escribiendo a lo largo de más de diez años, en las pausas de su gira interminable, la conocida como Never Ending Tour, que le lleva por todo el mundo, cerca de tu casa también alguna vez. Dylan deleita en sus páginas como solo un gran escritor puede hacer. Cuando comenta las canciones escuchas su propia voz, la del poeta, la del narrador, y asistes con él a una inesperada lección de Historia y a una reflexión distante sobre el mundo contemporáneo.

Este libro puede no gustarte. No está escrito con la intención de que te guste. Puede que no compartas su planteamiento. Este libro te engaña desde el título. Mirando el índice intuyes que tu concepto de canción moderna no es el mismo que el suyo. Empiezas a leerlo y te cuestionas qué tiene que ver la filosofía con todo esto. Creías que ibas a encontrar la clave secreta para descifrar las canciones y te sientes decepcionado. Dylan te la ha jugado una vez más y no sé de qué te extrañas, lleva haciéndolo desde siempre, puede ser que tú ni siquiera hubieras nacido cuando él empezó este juego. Este libro no está hecho para que te quites el sombrero y sin embargo deberías hacerlo. Es más, si no tienes sombreros en tu armario deberías salir ya a comprar uno para poder descubrirte una vez más ante el Maestro. Aunque Dylan sea un pozo de conocimiento del que no se ve el fondo, este es el libro de un Nobel de literatura, no el de un crítico musical, no el de un musicólogo. Hay que disfrutarlo así. No busques ciencia, no busques fórmulas ni recetas. Dylan está hablando del mundo tal como lo conoce, de cómo era y cómo es. Está hablando de sí mismo fingiendo que habla de otros. En realidad no finge, eso a él no le importa. Está viviendo en las vidas de otros y en las canciones de otros, porque las suyas no le sirven para encontrar la verdad. Sus canciones dejaron de ser suyas, escapan de él cada vez que las graba o las interpreta de un modo distinto. Las escribe y las canta y desde ese momento pasan a ser nuestras. Nos llevan a algún lugar. Este libro habla de canciones ajenas que le hablan a él, que son suyas precisamente porque las escribieron otros. Puede que para ti no signifiquen nada. Para él son importantes. Esas canciones, lo que dicen, o lo que le dicen, ocupan un lugar en su vida y en su visión del mundo. Si te importa Dylan, y creo que así es porque estás leyendo esto que escribo, entonces estas canciones y este libro deberían importarte también.

Cuatro de cada diez canciones seleccionadas están fechadas en los años 50, y una mínima parte sobrepasan la década de los 60. Incluso de estas últimas, la fecha es puramente circunstancial en la mayoría. ¿Se puede llamar “modernas” a canciones que superan ampliamente el medio siglo de vida? Hay quien cree que no. Todo es relativo. Si el término de comparación es “Chicken Teriyaki” indudablemente no. Si lo son las canciones de marineros del siglo XVIII, la respuesta es otra. Saltemos pues la primera trampa del título y sigamos adelante, en un bosque lleno de árboles ancianos. Dylan se siente a gusto en él. Cuanto más avanzaba en su carrera artística, más se afirmaba en la tierra que pisaba, en la tradición americana. Dylan, como todo buen árbol, ha hecho frondosa su copa hundiendo sus raíces en lo profundo. Este libro es historia de los Estados Unidos. En sus páginas hay un tratado de amor y de respeto a su cultura y a sus contradicciones. Dylan, en la gira británica de 1966, exhibía una enorme bandera de las barras y estrellas en el escenario. ¡Esto es música americana!, se le oyó gritar. Ha pasado mucha agua bajo el puente, y en la memoria del trovador hay imágenes de la vieja América que nunca se borrarán. Esa vieja América en la que él se crio, que entonces era nueva, y en la que se desarrollaba un nuevo lenguaje. Auabap-alubap-auap-bambum. Little Richard. “Tutti Frutti”. Un lenguaje musical desconocido, que grita cosas sin sentido aparente, y que escribe historias en las que el significado se retuerce. Little Richard es el maestro del doble sentido, dice Dylan, y se pregunta si Elvis sabía que esa canción hablaba de lo que hablaba: todas las frutas, hombres, mujeres, travestis, en el banquete del sexo. Dylan, a lo largo de este libro, nos va a narrar a su manera lo que dicen las canciones que ha elegido. A veces nos va a ayudar a encontrar su sentido, su historia. En “Come On-A My House”, de Rosemary Clooney, nos invita a distinguir entre lo que va a suceder y lo que podría suceder, nos descubre una canción ominosa disfrazada de éxito pop despreocupado. Otras veces se va a ir Dylan mucho más allá, va a tomar unos pocos versos y construir con ellos un relato de varias páginas. Tal vez su imaginación vaya más lejos de lo que el autor de la canción pretendía, pero, ya sabes, no importa de dónde viene una canción sino a dónde te lleva. Dylan disfruta con esas relecturas y se le nota. Cuando nos habla de “El Paso”, que Marty Robbins escribió y grabó en 1959, se sumerge en el arte de encontrar significados, lecturas distintas. Esta es la balada de un alma atormentada, nos dice, esta es una canción de post-resurrección y sobrevuela tu cabeza. Dylan revisita el argumento y lo lleva a donde a él le lleva, y te advierte que cualquier aproximación es válida: uno puede ver la canción como el tierno lamento de un vaquero errante que muere por una bailarina a la que apenas conoce, o no. Una canción siempre está abierta, es algo que desde antiguo nos ha enseñado. En “Gypsies, Tramps & Thieves”, de Cher, se da a recrear la vida de los feriantes y a señalar lo que hay detrás, y su acercamiento a “Midnight Rider”, de los Allman Brothers, supone una prodigiosa reinvención del jinete nocturno a partir de nada. Creación pura.

De la mano de Dylan vemos la América de los drugstores y de las ciudades, la de los vagabundos y los inadaptados, la de los neones y la de los espacios abiertos, la de las pistas de baile y la de los cines. La América con un revolver al cinto, y la de los zapatos de gamuza azul. Si no sabes la importancia de los zapatos, él te lo explicará, a cuenta de la canción de Carl Perkins. Veremos también la sombra de Vietnam y la América que en los sesenta soñó otra América. Es un fresco que se compone de pequeñas piezas, diseminadas aquí y allá. Solo tienes que juntarlas. Dylan nunca te lo pone fácil, nunca te invita a seguirle, pero sonríe sin que lo veas cuando sabe que estás ahí, que no te has ido. A veces Dylan rebusca en el cancionero europeo. Da la impresión de que se obliga. Pasa por alto a los Rolling Stones, a los Beatles, a los Kinks. Curioso para alguien que ha declarado rotundamente que los de Jagger y Richards son la mejor banda de la historia. Aflora el desapego hacia el cuarteto de Liverpool cuando los cita como banda sonora de las niñatas y colegialas, histeria de quinceañeras que está fuera de lugar en el Londres de The Clash, de quienes se detiene en su inevitable “London Calling”. ¿Acaso el viejo Bob que confraternizó con los Beatles no es ya el mismo? Sin duda. El viejo Bob no es Bobby Dylan nunca más. Le echa una mirada a “My Generation” y nos lee el reverso de la canción de The Who, lo que no dice Pete Townshend, que todos despotricamos de la generación anterior pero sabemos que solo es cuestión de tiempo que nos convirtamos en ellos. Suena a condescendencia, inevitablemente. La vieja Europa es un patio de colegio para él. Chicos majos los Clash. Pero Stephane Grappelli palidece si lo pones al lado de Louis Armstrong. Lo menciona de pasada hablando de cine norteamericano cuando comenta “Saturday Night at the Movies”, de The Drifters. Europa además es babélica, habla lenguas extrañas. Al menos resulta gracioso escuchar una canción en un idioma que no entiendes. Tiene un efecto liberador. Eso le sucede con “Volare (Nel blue, dipinto di blu)”, pero indaga en la letra y nos apunta que puede que esta sea una de las primeras canciones psicodélicas, anticipándose a “White Rabbit” de Jefferson Airplane. Dylan seguramente ignora que toda una generación en España crecimos sin entender lo que él decía en sus letras. Eso que le pasaba a él con la canción de Domenico Modugno nos pasaba a nosotros con las suyas. Reconforta reconocernos en lo que cuenta.

Este es un libro a contracorriente y sus protagonistas a menudo lo son también. Sinatra fue contra el mundo cuando grabó “Strangers in the Night” en 1966 y con ella hizo frente a la invasión británica. Hoy eso no habría sucedido, se queja Dylan, todo está estratificado, cada canción tiene su nicho. Nuestro mundo es estrecho y en las plataformas musicales alguien decide por ti lo que quieres escuchar. Como Dylan es capaz de hablar de lo que se proponga, lo ilustra con la falsa historia de los lemmings suicidas, con ocasión de comentar “Waist Deep in the Big Muddy”, grabada por Pete Seeger en 1967. Ir contra todo es arriesgado, la industria siempre gana, y pone el ejemplo de Elvis Presley, enterrado en vida en Las Vegas y cantando precisamente eso, “Viva Las Vegas”. Dylan ha vivido mucho y no solo porque los ochenta años ya los cumplió. Por eso, este libro es también enseñanza. La guerra actual no es la primera, nos lo recuerda, entre la erudición y el discurso, con “War”, de Edwin Starr, y en todas las guerras los vencedores escriben la historia. Dylan está del lado de los perdedores. John Trudell, indio de la tribu santee dakota, autor de “Doesn’t Hurt Anymore”, es uno de ellos. Su vida fue trágica, su canción te arrancará el corazón. Dylan te explica que la razón de su música es que transmite una antigua sabiduría. Bobby Darin es otro perdedor. Realmente es un no triunfador, pero en la cultura estadounidense ambas cosas son equivalentes. Enternece cómo lo recuerda Dylan, cómo lo opone a Sinatra. “Mack the Knife” es la canción que los une. La interpretación de Darin es tan buena como la mejor, pero el mundo solo podía admitir a un Sinatra, nadie podía seguir su camino. Los perdedores están por todas partes en las canciones de este libro, y los marginados, y los que voluntariamente se sitúan al margen de la sociedad. Están en “Willy the Wandering, the Gipsy and Me”, de Billy Joe Shaver, una canción que Dylan define como un acertijo, que resulta más extraña cuanto más entras en ella; en “Jesse James”, de Harry McClintock; en “Pancho and Lefty”, escrita por Townes van Zandt, que le sirve para apuntar que escribir canciones se basa en buena medida en reducir los pensamientos a su esencia. Perdedor es también el protagonista de “Detroit City”, escrita por Danny Dill y Mel Tillis, y cantada por Bobby Bare, con cuya propia historia personal podría identificarse. Dylan reflexiona: “¿Qué nos lleva a pensar, cuando una canción entra en modo narrativo, que de pronto el cantante nos está contando la verdad?”

Este libro habla de eso, de algo misterioso que encierran las canciones. Filosofía, según reza el título. O lo que hace que una canción te atrape al paso, e incluso se quede a vivir contigo. “Your Cheatin’ Heart”, de Hank Williams. Para Dylan, la simplicidad de esta canción es la clave, no como hoy en día, en que todo va lleno, es recargado, sofisticado en exceso. Eso y el modo en que la canta Hank, no dejándose arrastrar por la banda. En “It’s All in the Game”, cantada por Tommy Edwards, encuentra la clave en los arreglos, que hacen que puedas bailarla lenta o como un swing. La paradoja es que en los años 50 no se acreditaba a los arreglistas, no sabemos quiénes son. Hoy ya no se hacen arreglos así, en los que nada estorba, advierte Dylan. Escribir una canción no es escribir, es, valga la obviedad, escribir una canción. No puedes hacerlo como si escribieras una novela o una carta. La canción tiene sus licencias. “Keep My Skillet Good and Greasy”, de Uncle Dave Macon, es el ejemplo para el que Dylan se remonta hasta 1924. Esa canción funciona porque repite la palabra time. Nadie habla así, es la diferencia entre hablar y cantar. Dylan nos hace notar que no decimos a nadie cosas como “ven aquí, aquí, aquí”, pero sí lo podemos cantar. ¿Qué podemos decir de “Blue Moon”, de su magia? Su atractivo, según Dylan, está en su misterio, en su melodía salida de ninguna parte, en el modo en que un objeto inanimado, la luna, cobra en ella vida propia. La sencillez de la letra la hace universal, aunque Dylan elige la versión de Dean Martin. Se filtra su devoción por Dino, el libertino adorable, el seductor borrachín. A Dylan, cuando habla de algunos cantantes, de algunos músicos, se le transparenta su aprecio. Por los Grateful Dead, de los que comenta “Truckin’”, es pasión. Para él no son una banda de rock al uso, son una orquesta de baile. Los conoció bien, compartió con ellos una gira que marcó su carrera. Tras ella vino la gira interminable, el Never Ending Tour, décadas en la carretera. En este libro no escasean las canciones que hacen de la carretera su asunto: la propia “Truckin’”, una canción que transcurre en la misma calle de muchas ciudades; “On the Road Again”, de Willie Nelson, un retrato del músico en marcha; la ya citada “Keep My Skillet Good and Greasy”, de la que señala que es una guía espiritual y hará las veces de intérprete en tierras extrañas.

Dylan encuentra pepitas de oro donde nosotros no las habríamos visto. “I’ve Always Been Crazy”, de Waylon Jennings, le sirve para teorizar sobre la canción como terapia: si tienes una historia sórdida que contar, es mejor que la compartas con el público. Tiene un hambre insaciable de historias y te paga por oírlas. ¿Para qué pagar a un psicoanalista entonces? Tal vez algunas veces el público no entienda el mensaje, pero Dylan nos recuerda al hablar de “Don’t Let Me Be Misunderstood”, en versión de Nina Simone, que las canciones y el arte en general no buscan ser comprendidos. No se gana nada entendiendo la sonrisa de la Mona Lisa, dice. El último capítulo de los 66 lo dedica a “Where or When”, compuesta por Rodgers y Hart, y finaliza con estas palabras: “La música trasciende el tiempo al vivir en él, al igual que la reencarnación nos permite trascender la vida al revivirla una y otra vez”. Este es un libro para leer despacio, se lleva muy mal con las prisas. Necesitas saborearlo, reposarlo, tener el lápiz a mano, escuchar las canciones, leer las letras. Si lo lees deprisa no encontrarás su alma, creerás que es un fraude. Pero su autor ha sembrado en él docenas de pistas para que averigües por ti mismo qué es lo que él llama la “filosofía” de las canciones. Modernas o no, eso es lo de menos. Y tampoco importa demasiado si no consigues averiguarlo: Bob Dylan ha narrado a su manera varias docenas de historias que otros escribieron para sus propias canciones, y al hacerlo ha escrito páginas admirables. Como Walt Whitman, Dylan contiene multitudes, y su legado no deja de crecer.

(Publicado originalmente en el Diario INFORMACIÓN de Alicante, el día 29/01/2023, con el título “La gramola de Dylan”)


Pájaro. De Santa Leone al Gran Poder.

PÁJARO. DE SANTA LEONE AL GRAN PODER. Alfred Crespo.
66 rpm ediciones. 2022. 152 págs.


De Alfred Crespo sabemos que escribe de manera natural con las palabras justas, medidas, en su sitio. A Crespo lo lees de corrido, porque el narrador que es engulle al crítico musical y en su escritura nada sobra y nada falta. Con este libro, en el que hace hablar a los protagonistas, se pasa al otro lado de la mesa, y su voz es la de ellos. Ellos son Andrés Herrera “Pájaro” y Raúl Fernández, héroes de una historia a la que se suman muchas más voces, todas importantes. El título elegido, que es el mismo que el del concierto de aniversario de 2021, parece indicar un camino hasta el Olimpo de la música. Nada más cierto, por desgracia. Pájaro y el Raulito todavía andan preguntándose qué les falta para estar en la cumbre, por qué los críticos les ensalzan, su público les adora y sin embargo siguen viajando en coche por las carreteras de España, vendiendo discos en los conciertos y mirando al céntimo el presupuesto. Crespo traza con maestría el camino desde Parque Alcosa, el barrio sevillano en el que se criaron, y señala las estaciones de ese viacrucis en el que debutan la droga y el desorden vital, se aparece el mesías en la persona del gran Silvio Fernández Melgarejo, suben a la barca de los legendarios Triana comandados por un Tele Palacios en fase de delirio terrenal, y escriben los evangelios del rock cofrade en el santuario de Happy Place, el estudio en el que graban sus tres obras maestras. Todo está descrito hábilmente, confrontando a unos y otros en un ejercicio colectivo de confesión de los pecados y memoria de lo vivido. De ahí nace una historia compartida con intensidad, nocturna y resacosa, de abrazos y hastíos, de broncas y amores fraternos, una historia que alimenta canciones incomparables y una leyenda, la del Pájaro, Andrés Herrera, de la que ya Carlos Zanón en su prólogo da la medida.


Al Compás del Vudú

AL COMPÁS DEL VUDÚ (religión, represión y música). Héctor Martínez González.
Allanamiento de Mirada. 2022. 336 págs.


Este es un libro de Historia, nadie se engañe. Es una obra que escapa al concepto de libros sobre música. Sin embargo la música lo atraviesa. Aunque no se hable de música durante muchas páginas la sientes. Está ahí. A veces aflora, como en los bailes de los negros en Congo Square los domingos y festivos, para desaparecer a continuación. Así sucede durante un buen número de capítulos, hasta que finalmente el libro desemboca en el jazz y el blues y la música cajún y el zydeco. Tenía que suceder porque no se entiende Nueva Orleans ni la Luisiana sin sus músicas, sin el peculiar mestizaje de ritmos africanos y melodías europeas. Para llegar allí el autor, historiador, traza un ameno y documentado recorrido por el período colonial en que el Estado sureño perteneció a la Corona española, apenas cuatro décadas. Importante período en muchos aspectos. En lo musical porque dio lugar a la impronta hispana, el "spanish tinge". En lo sociocultural fue más importante aún, porque la población negra se benefició de un régimen mucho menos severo que durante los años de dominación francesa y anglosajona, con la consiguiente permisividad respecto del mantenimiento de su ritos religiosos. La conexión entre la religión vudú y la música ocupa la parte final del libro de Héctor Martínez, y allí aparecen conceptos tan peculiares como el "mojo", los "gris-gris", el "hoodoo" y tantos otros presentes en el día a día del Caribe, cuyo sentido trasciende a la superstición para configurar una cultura propia, de la que Nueva Orleans es el máximo exponente. Se completa la cuidada edición de la granadina Allanamiento de Mirada con dos discos que recopilan, con excelente calidad sonora, medio centenar de grabaciones de canciones o piezas musicales que resuenan con lo narrado, algunas con casi un siglo a sus espaldas. Están todos los que esperas encontrar allí: Louis Armstrong, Professor Longhair, Dr. John y muchos más, en una larga lista que abarca desde Debussy a Jimi Hendrix, puntualmente comentada en el apéndice del libro.

Siluetas y Sombras

SILUETAS Y SOMBRAS. DAVID BOWIE. Juan J. Vicedo
Sílex, 2021.  404 págs.

Un año después de su publicación, y de que Rafa Cervera (autor del prólogo) comentara que "nunca nadie ha escrito así sobre Bowie" y Javier de Diego (autor del epílogo) avisara que "se hablará mucho de este libro", esto es lo que se ha dicho de él: "Tan impecable que solo puede calificarse de alta literatura pop" (Carlos Pérez de Ziriza, Mondo Sonoro). "Imprescindible. Cuenta todo lo que hay que contar sobre Bowie y de una manera mucho más amena y original" (Luis Lapuente, Ultrasónicos, Radio 3). "De uno de los autores más singulares del panorama literario español, sobrepasa por los cuatro costados el mero texto biográfico" (Alfred Crespo, Ruta 66). "Obra distinta, muy personal, cuyas páginas aspiran a emocionar" (Fernando Navarro, El País). "Adictivo, atrapa desde el primer instante, sobre todo porque está endiabladamente bien escrito. Y eso marca la diferencia" (Federico Navarro, Popular 1). "El lector que penetra en las entrañas de este libro sale de él transfigurado. Una experiencia pregnante" (Álvaro Alonso, ABC). "Narrado con tal fuerza que el lector piensa que realmente está compartiendo momentos íntimos del biografiado" (Miguel López, Dirty Rock Magazine). Carlos Pérez de Ziriza abunda en esta observación: "Vibrante pulso narrativo" (Lletraferit) y "Nos hace sentir ahí mismo, donde se coció todo" (¡Mússica!). "Escritura de alto octanaje literario y estructuración moderna. Consigue atrapar al lector y de manera magistral enmascarar las toneladas de trabajo de documentación" (Òscar L. Gª de Baquedano, This Is Rock). "Es una caja llena de música, la música literaria de los ensayos escritos con arte, pasión y sabiduría amable" (J.L. Ibáñez Salas, Nueva Tribuna). "Sugestiva travesía narrativa" (Miquel Queralt, Indienauta). "El más original y probablemente el mejor libro que se ha escrito sobre David Bowie en castellano" (Txema Mañeru, Rock Bottom Magazine). "Podríamos preguntarnos: ¿hacía falta un nuevo libro sobre Bowie?. Tras leer el libro de Vicedo la respuesta es: desde luego que sí" (Salvador Perpiñá, La estación de Perpiñá). "Uno de los libros musicales que más nos ha impactado en los últimos años" (Pepe Mármol, Discos Marcapasos). "No pensaba que nada me sorprendería a estas alturas sobre David Bowie. Altamente recomendable" (J.J. Mestre, Radio Enlace).  "Minucioso ensayo que se lee con la avaricia con la que devoras una buena novela" (Begoña Tauler, blog de libros Érase que se era). "Hay que leerlo para empaparse de la historia de un gran artista" (José Pita, blog de música Jopita's Music). Y Esteban Leivas, autor del primer libro en español sobre David Bowie, de 1980, asevera: "Es un libro excelente, obra de autor, con imaginación y altura literaria. Tiene un largo recorrido".

Maneras de vivir

MANERAS DE VIVIR. HISTORIAS DE ESPERANZA Y RESISTENCIA EN TIEMPOS DIFÍCILES.
Fernando Navarro. 2021. Muddy Waters Books. 236 págs.


La portada, en la que destaca el rótulo del veterano bar musical "La Vía Láctea", el título, referencia indiscutible a la canción de Rosendo, quien además firma un prólogo, y la condición de periodista musical del autor, pudieran hacer pensar que esas maneras de vivir son las de los músicos y que las historias de esperanza y resistencia que vamos a leer son las que ellos protagonizan. En sus páginas hay mucho más: bares, cines, teatros, salas, tablaos, tiendas de discos, librerías, un mapa por fuerza incompleto de la efervescencia cultural de una ciudad que se manifiesta en calles y barrios de esa inmensa tela de araña. El libro está compuesto principalmente por los reportajes breves que Navarro publicó en El País durante el estado de alarma, por lo que transmite una sensación de angustia e incertidumbre imposible de evitar. El futuro, en aquellos momentos, simplemente no existía. Esperanza y resistencia eran solo palabras y, aunque hoy la vida se parece suficientemente a la que conocimos antes del 14 de marzo de 2020, leyendo las historias que junta Navarro podemos volver a sentir como entonces el vacío, el miedo y la amenaza del fin de los tiempos. Hay anécdotas que expresan el absurdo, como la de la tienda de discos que vendía on line a clientes que vivían en la misma calle, un mundo de prisioneros que se comunicaban por mensajeros. Es el retrato de un Madrid vibrante que se había apagado de repente, de un tejido cultural, ya amenazado, que corría el riesgo de perderse. Navarro estaba haciendo crónica de un presente que solo vivía en el pasado, y no se sabía cuándo regresaría ni cómo. "Maneras de vivir" dibuja cierta geografía madrileña con trazo suelto y precisión, retrata con grises y negros el momento histórico y, con manifiesto espíritu combativo, se sitúa de frente a las políticas sociales, culturales y urbanísticas a las que responsabiliza de poner en riesgo ese Madrid que ama. Fernando Navarro escribe con orgullo nativo, ciudadano de una ciudad que acoge y adopta a quien se acerca a ella, a quien se queda a vivir. Ese Madrid por el que algunos volvemos una y otra vez, bajando en Atocha o en Chamartín, ese Madrid que tampoco nosotros queremos perder.